Cuando la filantropía oculta sobornos: el caso Herrera Velutini

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Más que el paso de un acusado hacia la justicia, fue la irrupción de una fortaleza andante en el espacio del escrutinio público. El pasado miércoles 27 de agosto, el banquero venezolano Julio Herrera Velutini ofreció un espectáculo bochornoso a las puertas del Tribunal Federal en San Juan, Puerto Rico, antes de siquiera enfrentar a la jueza. Su arribo, en una lujosa camioneta, no fue el de un ciudadano que acude a rendir cuentas, sino el de un potentado bajo protección.

Vestido con un traje oscuro y oculto tras unos lentes de sol que parecían disimular su semblante serio, Herrera Velutini emergió del vehículo para ser inmediatamente engullido por una muralla de escoltas y policías. Este férreo dispositivo de seguridad, en lugar de facilitar un acceso ordenado, se convirtió en la punta de lanza de un altercado que caldeó los ánimos. El grupo de periodistas, camarógrafos y fotógrafos que aguardaba para cumplir con su labor informativa fue recibido con una agresividad desmedida.

La tensión estalló cuando uno de los guardias empujó bruscamente a un reportero que intentaba acercar su micrófono al banquero. La reacción fue instantánea. “¿Qué estás haciendo? ¡No puedes hacer esto!”, exclamó el periodista agredido, desatando un coro de indignación entre sus colegas. Los gritos de “¡Hey, hey, hey! ¡Paren!” resonaron en la entrada del edificio. Lejos de amedrentarse, el reportero confrontó al equipo de seguridad: “¿Qué te pasa a ti? ¿Tú te crees que eres especial?”.

Mientras la trifulca verbal escalaba y agentes del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) se sumaban para formar el cordón humano, el protagonista de la jornada, Julio Herrera Velutini, se mantenía como una estatua de sal. Con el rostro impasible y la vista clavada al frente, permaneció en un silencio pétreo, refugiado en el caos que su propia presencia generaba. Finalmente, arrastrado por sus protectores, logró cruzar el umbral del tribunal, dejando tras de sí una estela de frustración y la imagen imborrable de un hombre que, antes de admitir su culpabilidad ante la ley, ya había sido sentenciado por la opinión pública gracias a la arrogancia de su séquito.

 

El módico precio de la influencia: La confesión del banquero

Una vez superada la bochornosa entrada al tribunal, lejos del alcance de las cámaras que tanto pareció despreciar, Julio Herrera Velutini finalmente rompió su estudiado silencio. Fue así que el financiero se declaró culpable, admitiendo haber sido uno de los titiriteros en el esquema de corrupción que manchó la campaña de la exgobernadora de Puerto Rico, Wanda Vázquez Garced.

El banquero reconoció ante el Tribunal Federal haber engrasado el engranaje político de la entonces gobernadora con una suma estimada entre 15,000 y 25,000 dólares. Un desembolso que, para un multimillonario de su calibre, resulta casi irrisorio, pero que fue suficiente para violar la Ley Federal de Campañas Electorales (FECA). El objetivo de esta “contribución” no era otro que comprar favores: Herrera Velutini buscaba la destitución de George Joyner como comisionado de la Oficina de Instituciones Financieras.

Con esta confesión, Herrera Velutini no busca redención, sino una salida calculada. Su acuerdo de culpabilidad le abre la puerta a sus abogados para solicitar una sentencia de probatoria, un intento por eludir la cárcel. Sin embargo, la fiscalía federal no está dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente y podría exigir entre seis y doce meses de prisión. La trama, además, no fue un monólogo; en la misma jornada, su intermediario en el tablero, el exagente del FBI Mark Rossini, también admitió su culpabilidad.

La última palabra se escuchará el próximo 10 de diciembre, fecha fijada para la sentencia que definirá si el precio de su influencia se paga con tiempo tras las rejas o con una simple amonestación.

Un ejército legal para un “pecado menor”

Mientras Julio Herrera Velutini pactaba su destino en una sala, a la vez, la principal beneficiaria de su ilegal generosidad también caía en desgracia. La exgobernadora Wanda Vázquez Garced, en un acto que sella un capítulo vergonzoso en la historia de Puerto Rico, se convirtió en la primera exmandataria de la isla en ser convicta por un caso federal de corrupción. Su capitulación, sin embargo, estuvo cargada de un cinismo casi teatral.

Vázquez Garced admitió su culpa por un delito menor bajo la Ley Federal de Campañas Electorales, reconociendo haber aceptado la promesa de contribución del banquero venezolano. Sin embargo, a la salida del tribunal, intentó salvar los restos de su reputación con una defensa inverosímil: “Aquí yo no cogí ni un solo centavo”, declaró, como si la conspiración no contara. Su abogado remató el cuadro, describiendo la aceptación de un soborno como un simple “error” que finalmente “se quedó en nada”. Su sentencia está programada para el 15 de octubre.

Pero si la exgobernadora recurre a la minimización verbal, Herrera Velutini apuesta por un blindaje de otra categoría. Para enfrentar la justicia, ha desplegado un arsenal jurídico que parece más apropiado para defender a un jefe de Estado que a un financiero acusado de soborno electoral. Su equipo legal es un desfile de celebridades del derecho: Alex Spiro, el famoso abogado de Elon Musk y Jay-Z; Christopher Kise, exdefensor de Donald Trump; Lilly Ann Sánchez, conocida por representar al infame Jeffrey Epstein; e incluso Robert Joseph “Bob” Eatinger, exdirector legal de Operaciones de la CIA. Un verdadero ejército de togados de élite para una batalla que él mismo decidió no pelear, optando por un acuerdo.

Banquero venezolano Julio Herrera Velutini refuerza su defensa con abogados de alto perfil en juicio por presunto soborno a exgobernadora puertorriqueña

El espejismo digital de un mecenas condenado

El desprecio exhibido en las escalinatas del tribunal no se quedó en el asfalto de Hato Rey, San Juan. La prepotencia de los escoltas de Julio Herrera Velutini y la pasividad policial encendieron las redes sociales, donde internautas recordaron que la libertad de expresión no es una sugerencia, sino un pilar consagrado en la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense. El caos de su llegada se convirtió en un símbolo de su actitud ante el escrutinio público.

Pero mientras la opinión pública digería la cruda realidad de un magnate acorralado, en el universo paralelo de internet, Julio Herrera Velutini es otro hombre. Lejos del tumulto y las acusaciones, existe una cuidada maquinaria de relaciones públicas que ha trabajado sin descanso para esculpirle una imagen de filántropo y visionario. Sitios web y perfiles de Instagram, diseñados con pulcritud profesional, se han dedicado a exaltar su “legado” y sus “contribuciones” a la economía y la cultura latinoamericana.

Esta narrativa digital, que lo presenta como un paladín de la banca sostenible y la responsabilidad social, choca frontalmente con el hombre que financió una conspiración política. Los portales biográficos, que enfatizan la reputación histórica de su familia, no son más que un aparente intento descarado por controlar el relato, una estrategia para diluir la mancha de una condena penal bajo capas de propaganda positiva. Un esfuerzo desesperado por vender la biografía de un “santo”, justo cuando el prontuario de un pecador acaba de ser atestiguado por él mismo ante la justicia federal.



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